Cuentos cortos

El puente de la verdad (cuento)

Evelio era un joven muy vanidoso. Le gustaba asombrar a sus amigos y por eso siempre estaba contando historias exageradas, pues quería que todos lo admiraran.

Un buen día, a Evelio se le presento la oportunidad de viajar a Italia. Al regresar a su pueblo quiso asombrar a sus amigos con sus relatos de aquella tierra lejana y, como quería que todos lo envidiaran, empezó a contar toda una sarta de mentiras.

Cierto día, Evelio fue a visitar a unos parientes que vivían en una ciudad vecina. De camino se encontró con un amigo y empezaron a conversar. Evelio le conto de su viaje a Italia y de las cosas maravillosas que había conocido. Pero no pudo resistir la tentación de exagerar y al rato le estaba diciendo:
– No se imagina usted las cosas increíbles que he visto en Italia. Hasta las frutas y verduras que crecen en sus huertos son algo increíble. Yo he visto con mis propios ojos un ayote tan grande como una montaña.
El amigo, que no creía una palabra de lo que estaba escuchando, pensó en la forma de darle una lección al mentiroso.
-¿Me está diciendo la verdad? – pregunto el inocente.
– ¿Cómo puede dudarlo? –respondió Evelio-. Si me parece estar viendo ahora mismo aquel inmenso, increíble ayote.
– Es realmente increíble, no lo niego –dijo el amigo-. Sin embargo, nosotros también tenemos cosas asombrosas. ¿Ve ese puente delante de nosotros? Es un puente mágico. Cuando lo atraviesa un mentiroso se derrumba en el agua y no vuelve a levantarse hasta que el mentiroso se ha ahogado. Pero nosotros podemos atravesarlo con toda tranquilidad. No tenemos sobre nuestra conciencia el peso de una mentira. Pero sígame hablando de ese ayote tan grande como una montaña. ¿Sabe que no consigo imaginármelo?.
– No ha comprendido bien mis palabras, amigo –dijo Evelio-. Dije que vi un ayote tan grande como una casa, no como una montaña.
-¿Dice como una casa? –pregunto el amigo-. Sigue siendo increíble, no cabe duda.
El amigo seguía caminando rumbo al puente y a Evelio no le quedaba más que seguirlo. Miro el puente con terror y se detuvo mientras decía:
-Pero es que las casas, en Italia, son muy pequeñas. Apenas si caben en ellas dos personas.
-Aun así, ese ayote sigue siendo gigante. –Dijo el amigo-.
Pero, ¿Por qué se ha detenido? Sigamos conversando mientras atravesamos el puente.
Evelio dio la vuelta rápidamente y echando a correr como un conejo le grito a su amigo:
-Tengo que volver a casa inmediatamente. Discúlpeme…
Habia olvidado que tengo un compromiso muy importante.

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